Querido tú:
No sé si estos días estás tranquilo de verdad o si solo dices que lo estás porque explicar el nudo que tienes en el estómago cansa demasiado. No sé si estudias, si intentas estudiar o si abres los apuntes y te quedas mirándolos con la sensación de que todo lo que sabías se ha ido de vacaciones sin avisar.
A lo mejor estás durmiendo mal. A lo mejor contestas raro en casa y luego te sientes culpable. A lo mejor estás harto de que te pregunten si lo llevas bien, qué nota necesitas, qué carrera quieres hacer o si tienes un plan B. Como si a los 17 o 18 años hubiera que tener la vida entera colocada en una carpeta, con separadores y etiquetas.
No la tienes. Y no pasa nada. Casi nadie la tiene, aunque algunos disimulen mejor.
Te escribo porque quizá hoy no necesitas que nadie te diga que estudies más, que descanses, que confíes en ti o que estés tranquilo. Quizá necesitas algo más sencillo: que alguien te recuerde que has llegado hasta aquí, y que eso cuenta mucho más de lo que ahora eres capaz de ver.
La PAU importa, claro que importa. Sería injusto decirte lo contrario. Importa porque has trabajado, porque quizá quieres entrar en un grado concreto, porque hay notas de corte, plazas, listas, familias, expectativas y una palabra enorme flotando por encima de todo: futuro.
Pero la PAU no importa más que tú.
Un examen puede decir cómo contestaste una mañana concreta. Puede decir si dormiste bien, si leíste con calma, si los nervios te dejaron pensar o si justo cayó aquello que llevabas mejor. Lo que no puede decir es quién eres.
No puede medir cómo tratas a la gente que quieres, ni las veces que has seguido aunque estabas agotado, ni lo que has callado para no preocupar a nadie. No puede medir tu sentido del humor, tu sensibilidad, tu forma de cuidar, tu manera de escuchar, ni todo lo que te ha costado llegar hasta este viernes.
Una nota sirve para ordenar expedientes. No para explicar a una persona.
Y tú no eres un expediente.
Eres alguien que llega a esta semana con dudas, sueño, ganas de que todo acabe y, probablemente, la sensación de que podría haber hecho más. Todos sienten eso. Incluso los que van bien. Incluso los que sacarán una notaza. Siempre parece que se podría haber aprovechado mejor una tarde, repasado un tema más o mirado menos el móvil.
Pero también podríamos mirarlo al revés: has hecho mucho.
Has llegado al final de Bachillerato, que dicho rápido parece un trámite, pero tú sabes que no lo es. Son dos años de exámenes, trabajos, madrugones, presión, comparaciones, profesores, decisiones y conversaciones incómodas sobre qué quieres ser, como si uno pudiera saber tan pronto quién va a ser para siempre.
Y aquí estás. Quizá con miedo, pero aquí.
No hace falta que llegues perfecto al examen. No tienes que entrar al aula sintiéndote invencible ni fingir una calma que no tienes. Entra como puedas: con nervios, con dudas, con sueño, con ese bolígrafo que te gusta y con lo que sabes, aunque ahora te parezca menos de lo que es.
Hazlo lo mejor que puedas tú. No una versión ideal de ti que empezó a estudiar en enero, durmió ocho horas cada noche y nunca perdió una tarde. Esa persona no existe. O, si existe, bastante tiene con lo suyo.
Y si te quedas en blanco, no te machaques. No te hables como jamás le hablarías a un amigo. Si alguien que quieres te dijera que tiene miedo, no le llamarías inútil ni desastre. Le dirías que respire, que haga lo que pueda, que estás ahí y que no es solo ese examen.
Intenta hablarte así. Aunque te cueste. Sobre todo si te cuesta.
También quiero decirte algo importante: no tienes que ganarte el cariño de nadie con una nota. No tienes que sacar un número concreto para que estén orgullosos de ti, ni entrar en una carrera determinada para ser válido, ni demostrar que mereces respeto. Ya lo mereces antes del examen, antes de la corrección y antes de que nadie publique ninguna lista.
Y si alguien te hace sentir mediocre por sacar una nota determinada, recuerda esto: ese comentario habla mucho más de esa persona que de ti.
Da igual si es un profesor, un familiar, un supuesto amigo, una amiga que compite más de lo que acompaña o incluso el próximo director de grado. Si alguien mira a una persona joven, con todo lo que es, con todo lo que intenta y con todo lo que todavía tiene por vivir, y la reduce a un número, el problema no está en esa persona joven. Está en esa mirada.
Una mirada pequeña. Pobre. Mediocre.
Porque nadie verdaderamente grande necesita hacer sentir pequeño a alguien por una nota.
La exigencia puede ayudarte. Un buen consejo puede ayudarte. Una verdad dicha con cariño también puede ayudarte. Pero el desprecio no educa; solo retrata a quien lo usa. Así que escucha a quien te cuide, aprende de quien te exija bien y aléjate, aunque sea por dentro, de quien confunda una calificación con tu valor.
Ojalá te salga bien. De verdad. Ojalá leas el examen y pienses: “vale, puedo”. Ojalá duermas algo, caiga algo que sabes, salgas con paz, te dé la nota y entres donde quieres.
Pero si no sale exactamente como esperabas, por favor, no confundas un resultado con un final. No lo es, aunque ahora lo parezca. La vida tiene más caminos de los que puedes ver esta semana. Hay desvíos que duelen y luego salvan. Hay segundas opciones que acaban siendo casa. Hay planes que se rompen y, con el tiempo, dejan sitio a algo que no habías imaginado.
No tienes que entenderlo hoy. Solo tienes que saber que existe.
Este fin de semana, intenta dejarte querer un poco. Sin ganártelo. Sin justificarlo. Sin convertirlo todo en rendimiento. Déjate preparar una cena, dar un abrazo, estar raro, no contestar a todo y respirar sin culpa.
Y cuando llegue el día, ve. No perfecto. No invencible. No sin miedo. Ve como eres, con lo que sabes, con lo que has vivido, con lo que has hecho y con lo que vales antes de que nadie corrija nada.
Porque antes de la PAU ya eras alguien. Después de la PAU, también. Y ninguna nota, por alta o por baja que sea, va a contar toda tu historia.
Hazlo lo mejor que puedas. Vuelve a casa. Descansa. Y no dejes que nadie, ni siquiera tú, te convenza de que un número puede resumirte.
No puede.
Ni de lejos.
Con todo mi cariño,
alguien que sabe que la PAU importa,
pero tú importas más.
Y aunque suene poco academico:
«¡A la mierda las notas, viva la gente buena!»
