Hay despedidas que no llegan de golpe.
No vienen con música triste, ni con una escena perfecta, ni con alguien diciendo: “Este es el final”. A veces llegan un martes cualquiera, mientras sales de clase con la mochila medio abierta, mientras alguien te pide un boli, mientras miras el patio sin saber que quizás es una de las últimas veces que lo ves así.
Durante años, el colegio y el instituto han sido simplemente eso: el sitio al que había que ir.
El sitio donde madrugabas con sueño, donde te quejabas de los deberes, donde hacías trabajos en grupo que siempre terminaba haciendo uno solo, donde rezabas para que no te preguntaran justo cuando no habías estudiado, donde mirabas el reloj cada cinco minutos esperando que sonara el timbre.
Y, sin embargo, ahora que todo está a punto de cambiar, empiezas a entender que aquel lugar era mucho más que aulas, exámenes y pasillos.
Era tu vida pasando.
Allí aprendiste a leer, a sumar, a dividir, a memorizar ríos, fechas, fórmulas, verbos irregulares y cosas que quizá no has vuelto a usar. Pero también aprendiste otras que no venían en ningún libro: a hacer amigos, a pedir perdón, a aguantar un mal día, a reírte hasta llorar, a sobrevivir a un suspenso, a defenderte, a cambiar, a caerle mal a alguien y descubrir que no pasaba nada, a querer encajar y, poco a poco, a empezar a ser tú.
Has pasado por muchas versiones de ti.
Fuiste ese niño o esa niña con la mochila más grande que la espalda, que entraba al cole agarrado a una mano y salía contando lo que había pasado en el recreo. Fuiste quien perdió un estuche, quien se manchó el uniforme, quien hizo dibujos en los márgenes, quien se aprendió una canción para Navidad, quien tuvo miedo el primer día y luego no quería marcharse.
Después creciste.
Llegaron los cambios, los granos, los grupos, los motes, los enfados absurdos, las amistades intensas, las primeras vergüenzas, las primeras decepciones, las primeras veces que algo dolía de verdad. Llegó esa etapa en la que todo parecía importantísimo: quién te hablaba, quién no, quién se sentaba contigo, quién subía una foto, quién te miraba en el pasillo.
Y también llegó Bachillerato, con esa mezcla rara de cansancio y futuro. Con la presión de elegir, de estudiar, de decidir qué quieres ser cuando muchas veces aún estás intentando entender quién eres.
En todos esos años ha habido días preciosos.
Días de excursión, de autobús, de bocadillos aplastados en la mochila, de canciones a gritos, de fotos borrosas que ahora valen oro. Días de recreo al sol, de confidencias en el baño, de ataques de risa en clase, de aprobar por los pelos, de abrazos después de un examen, de mirar a un amigo y saber perfectamente lo que está pensando.
Pero también ha habido días malos.
Días en los que no querías ir. Días en los que te sentiste solo aunque estuvieras rodeado de gente. Días en los que alguien te falló, en los que no te salió nada, en los que llegaste a casa con ganas de encerrarte en tu cuarto. Días de profesores que no entendían nada, de compañeros que hicieron daño, de comentarios que se quedaron más tiempo del que deberían.
Porque sí: también hay gente a la que no vas a echar de menos.
Hay profesores que te han marcado para bien y otros que, sinceramente, tienes ganas de perder de vista. Los que te escucharon cuando nadie más lo hizo. Los que te exigieron porque sabían que podías dar más. Los que te tuvieron paciencia. Los que te enseñaron sin hacer ruido. Pero también los que te hicieron sentir pequeño, los que no supieron ver lo que te pasaba, los que parecían olvidarse de que detrás de cada alumno hay una persona intentando salir adelante.
Y aun así, de alguna manera extraña, todos forman parte de la historia.
Porque crecer no es vivirlo todo bonito. Crecer también es aprender de lo incómodo, de lo injusto, de lo que dolió, de lo que no quieres repetir nunca. Crecer es mirar atrás y entender que incluso lo que no fue perfecto te ayudó a llegar hasta aquí.
Y luego están los compañeros.
Qué cosa tan rara, ¿no?
Gente con la que has pasado más horas que con muchas personas de tu familia. Gente a la que has visto cada mañana durante años. Gente con la que compartiste apuntes, exámenes, castigos, trabajos, secretos, miradas, cumpleaños, viajes, broncas y silencios.
Algunos seguirán contigo.
Otros se irán alejando poco a poco, sin enfados, sin dramas, simplemente porque la vida hace eso: reparte caminos. Uno se irá a estudiar fuera. Otra empezará una carrera que no imaginabas. Alguien trabajará. Alguien cambiará de ciudad. Alguien hará nuevos amigos. Alguien dejará de escribir por el grupo. Alguien a quien hoy ves todos los días se convertirá, con el tiempo, en una foto que aparece de vez en cuando y te hace sonreír.
Y duele un poco pensarlo.
Porque durante mucho tiempo parecía que ibais a estar siempre ahí, en el mismo pasillo, en el mismo banco, en la misma esquina del patio, diciendo “mañana nos vemos” como si mañana fuera infinito.
Pero no lo era.
Un día llega el último recreo.
La última clase.
La última vez que copiáis los deberes deprisa.
La última vez que alguien dice “baja, que estamos todos”.
La última vez que os reís en una clase en la que no deberíais reíros.
La última vez que salís por esa puerta sin saber muy bien qué hacer con todo lo que sentís.
Y entonces entiendes que no estás despidiéndote solo de un sitio.
Te estás despidiendo de una forma de vivir.
De los horarios que organizaban tus días. De los profesores que sabían tu nombre. De los pasillos donde estaba todo tu mundo. De esa rutina que tantas veces te cansó y que ahora, de pronto, empieza a parecerte hogar.
Ahora viene otra etapa.
Vendrán la universidad, los grados, los pisos compartidos, los trenes, las prácticas, los cafés caros, las nuevas amistades, las decisiones importantes, los miedos nuevos y una libertad que al principio pesa un poco. Vendrá la vida de verdad asomándose sin pedir permiso.
Y será emocionante.
Pero antes de salir corriendo hacia el futuro, ojalá puedas pararte un momento.
Ojalá mires a tus amigos y entiendas que habéis sido refugio, risa y compañía en años que no siempre fueron fáciles. Ojalá abraces a quien tengas que abrazar. Ojalá des las gracias a quien te cuidó. Ojalá perdones lo que ya no merece ocupar sitio. Ojalá te quedes con lo bueno sin negar lo malo.
Porque eso también es hacerse mayor: aprender a cerrar etapas sin borrarlas.
Algún día, dentro de muchos años, pasarás cerca de tu antiguo colegio o instituto. Verás la puerta más pequeña de lo que la recordabas. Escucharás un timbre. Olerá a septiembre. Verás a chavales con mochila entrando con prisa, sin saber que están viviendo algo que un día echarán de menos.
Y entonces volverás a tener ocho, doce, quince, diecisiete años.
Volverás a ese patio.
A esa clase.
A ese grupo.
A esa risa.
A ese examen.
A esa excursión.
A esa versión de ti que aún no sabía todo lo que iba a pasar.
Y quizá te emociones.
No porque quisieras volver exactamente allí.
Sino porque entenderás que una parte de ti se quedó en todos esos lugares.
En el pupitre donde escribiste tu nombre con tipex. En la libreta llena de frases absurdas. En el profesor que creyó en ti. En el que no soportabas. En el amigo que sigue. En el que se fue. En el mensaje del grupo que ya casi nadie contesta. En la foto de fin de curso donde salís todos abrazados, sin saber que la vida estaba a punto de separaros un poco.
Irse no significa olvidarlo.
Irse significa llevarlo dentro de otra manera.
Así que, a quienes acabais de terminar esta etapa, no tengáis prisa por haceros los fuertes. Llorad si os sale. Reíd si os sale. Decid lo que tengáis que decir. Haced esa foto. Mandad ese mensaje. Dad ese abrazo.
Porque hay momentos que solo se entienden cuando ya se están acabando.
Y este es uno de ellos.
Cerráis una etapa llena de risas, agobios, amistades, heridas, aprendizajes, profesores inolvidables y profesores que por fin dejaréis de ver los lunes a primera hora.
Pero también abrís otra.
Y aunque ahora dé vértigo, aunque dé pena, aunque dé miedo, hay algo precioso en todo esto:
habéis crecido.
Y crecer es exactamente eso.
Mirar atrás con un nudo en la garganta, mirar hacia delante con el corazón temblando y pensar:
“Qué fuerte todo lo que hemos vivido.
Qué suerte haber coincidido.
Qué ganas de ver qué viene ahora.”
