Mi respuesta es no.
Y no porque otras religiones no merezcan respeto. Todo lo contrario. Un colegio o una universidad católica debe respetar plenamente a cualquier alumno, independientemente de que sea musulmán, judío, protestante, hinduista, agnóstico o ateo.
Pero respetar no significa renunciar a la propia identidad.
Una institución católica no tiene una capilla porque algunos de sus alumnos sean católicos. La tiene porque la institución es católica. Sus símbolos, su pastoral, sus celebraciones y su manera de entender la educación forman parte de aquello que la define.
Por eso tampoco parece necesario habilitar una sala polivalente destinada al rezo de otras confesiones.
A primera vista puede parecer una solución equilibrada: una sala neutra que pueda utilizar cualquier religión. Desde el punto de vista comercial incluso puede resultar atractiva. Una universidad que quiere captar estudiantes internacionales puede pensar que este tipo de servicios amplían su mercado potencial.
Pero la educación no debería construirse únicamente con criterios comerciales.
Porque cada vez que una institución modifica aquello que la diferencia para intentar resultar compatible con absolutamente todos, corre el riesgo de perder parte de su esencia.
No todas las instituciones tienen que ser iguales
España puede tener universidades públicas, universidades privadas laicas y centros con identidad religiosa.
Precisamente ahí reside el pluralismo.
Hay instituciones donde una sala multiconfesional tiene todo el sentido. Una universidad pública, por ejemplo, parte de una naturaleza institucional diferente y puede decidir habilitar espacios comunes de oración, reflexión o silencio.
Pero un colegio o una universidad católica nace de otro proyecto.
Y tener una identidad propia no supone rechazar a quien piensa diferente.
Un alumno musulmán puede estudiar perfectamente en una universidad católica. Puede ser respetado, integrado y valorado exactamente igual que cualquier otro estudiante.
Pero también debería entender que ha elegido libremente una institución católica.
Una universidad también puede ser un refugio cultural
Existe algo difícil de medir en los rankings universitarios.
Para muchos estudiantes y muchas familias, su colegio o su universidad no es solamente el lugar donde estudian.
Puede convertirse también en un refugio cultural, espiritual y humano.
El lugar donde reconocen unos valores, unas tradiciones y una determinada manera de entender a la persona.
Eso ocurre en las instituciones católicas, pero podría suceder igualmente en centros educativos vinculados a otras tradiciones.
Y no debería resultar ofensivo.
La diversidad verdadera no consiste en conseguir que todas las instituciones sean neutras.
Consiste en permitir que existan instituciones diferentes.
El riesgo de querer representar a todos
Cuando una universidad intenta convertirse en un espacio religiosamente válido para todas las confesiones puede ganar capacidad de captación.
Pero también puede surgir una pregunta más profunda:
¿Qué queda entonces de aquello que hacía diferente a esa universidad?
Una sala polivalente parece un detalle pequeño.
Probablemente no perjudicaría directamente a nadie.
Pero las identidades institucionales rara vez desaparecen de golpe. Se diluyen mediante pequeñas decisiones que individualmente parecen irrelevantes.
Hasta que llega un momento en que la institución conserva su nombre y sus símbolos, pero cada vez resulta más difícil explicar qué la diferencia realmente de cualquier otra.
Y precisamente entonces puede ocurrir algo paradójico.
Los estudiantes que buscan una universidad sin identidad religiosa elegirán instituciones laicas.
Los que buscan un modelo multiconfesional elegirán universidades que representen ese planteamiento.
Y quienes buscan una universidad verdaderamente católica pueden terminar marchándose a aquella que mantenga con mayor claridad aquello que les representa.
Por eso el debate no debería plantearse como una cuestión de tolerancia.
Se puede respetar absolutamente a todas las religiones sin que una universidad católica tenga que proporcionar espacios para practicarlas dentro de su campus.
Hospitalidad, sí.
Respeto, siempre.
Discriminación, nunca.
Pero identidad también.
Porque quizá una universidad no tenga que intentar representar a todo el mundo.
Quizá tenga que tener suficientemente claro a quién quiere representar y qué quiere ser.
Y ahora la pregunta es para quien lo lee
¿Debería un colegio o una universidad católica disponer de una sala polivalente para el rezo de otras religiones, o hacerlo supone empezar a diluir precisamente aquello que la convierte en una institución católica?
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