Hay partidos de fútbol que se deciden por una genialidad individual. Otros, sin embargo, se ganan mucho antes de que el balón entre en la portería: se ganan en la confianza, en la generosidad, en la capacidad de comprender al compañero y en la voluntad de poner el talento propio al servicio de algo más grande.

España y Francia representan dos maneras distintas de entender la excelencia.

Francia suele proyectar la imagen de una selección construida alrededor de jugadores extraordinarios. Futbolistas rápidos, poderosos, decisivos y capaces de cambiar un partido en pocos segundos. España, por su parte, acostumbra a construir su identidad desde el juego colectivo: la asociación, el pase, la paciencia y la idea de que ningún jugador puede desarrollar todo su potencial si el equipo no funciona.

Esta comparación deportiva permite comprender también dos modelos de formación universitaria.

Dos formas de preparar a los mejores

Existen instituciones universitarias cuyo principal objetivo parece ser preparar a sus alumnos para competir en los entornos profesionales más exigentes.

Sus estudiantes aprenden a defender posiciones, presentar resultados, superar procesos de selección y desenvolverse dentro de grandes despachos, bancos, consultoras y compañías internacionales. Son alumnos brillantes, ambiciosos y acostumbrados a trabajar bajo presión.

Ese modelo puede producir profesionales extraordinariamente eficaces.

Pero también existe otra forma de entender la universidad.

Un modelo que no renuncia a la exigencia académica ni a la empleabilidad, pero que considera que formar a una persona significa algo más que aumentar su valor en el mercado laboral. En estas instituciones se habla de propósito, responsabilidad, servicio, liderazgo, comunidad y sentido del trabajo.

La diferencia no está entre universidades exigentes y universidades amables. Tampoco entre centros prestigiosos y centros menos competitivos.

La verdadera diferencia está en la idea de éxito que se transmite al alumno.

¿Consiste en llegar más lejos que los demás o en conseguir que quienes nos rodean también puedan avanzar?

El modelo de las grandes individualidades

La selección francesa puede reunir en un mismo vestuario a algunos de los mejores futbolistas del mundo. Jugadores que serían estrellas en cualquier club y que, individualmente, poseen unas condiciones extraordinarias.

Sin embargo, reunir grandes talentos no garantiza construir un gran equipo.

En determinados momentos, el exceso de individualidad puede provocar que cada jugador quiera resolver el partido por su cuenta. El equipo se divide en pequeñas ambiciones personales. Cada uno busca su jugada, su reconocimiento y su espacio.

Algo parecido puede suceder en algunos entornos académicos.

Cuando la competitividad se convierte en el centro de toda la experiencia universitaria, el compañero deja de ser alguien con quien aprender y empieza a percibirse como un obstáculo que debe ser superado.

La nota, la práctica, la beca, el contacto o la oportunidad laboral se convierten en bienes escasos por los que hay que competir.

En esos ambientes pueden aparecer comportamientos poco edificantes: alumnos que ocultan información, que se niegan a compartir materiales, que entregan apuntes incompletos o que facilitan datos incorrectos para obtener una ventaja sobre sus compañeros.

Estas conductas no representan necesariamente a una institución completa ni a la mayoría de sus estudiantes. Son, más bien, el síntoma de una cultura llevada al extremo: la idea de que el éxito de una persona depende del fracaso de otra.

El resultado puede ser un estudiante con un expediente excelente, una gran capacidad analítica y una extraordinaria preparación técnica, pero con serias dificultades para confiar, cooperar o reconocer el mérito ajeno.

Puede ser una estrella. Pero no necesariamente un compañero de equipo.

El modelo España: hacer mejores a los demás

El fútbol español ha construido sus mejores etapas alrededor de una idea sencilla: el balón corre más rápido que cualquier jugador.

Nadie puede ganar solo.

El futbolista recibe, levanta la cabeza y busca al compañero mejor situado. No entiende el pase como una renuncia al protagonismo, sino como la decisión más inteligente para alcanzar un objetivo común.

Esta manera de jugar exige técnica, pero también humildad.

Hay que aceptar que otro marque el gol. Hay que trabajar sin aparecer en la fotografía. Hay que ocupar espacios para que el compañero pueda destacar. Hay que defender cuando el equipo pierde el balón y volver a empezar cuando una jugada no sale bien.

Este modelo se parece al de aquellas universidades que aspiran a formar profesionales completos.

Centros en los que las humanidades, la ética y la formación personal no son asignaturas decorativas, sino elementos esenciales de la educación. Lugares donde se enseña que un buen abogado no es únicamente quien conoce mejor la ley, sino también quien comprende la justicia; que un buen empresario no es solo quien obtiene beneficios, sino quien crea valor para la sociedad; y que un buen directivo no es quien impone más autoridad, sino quien consigue que las personas crezcan.

El alumno no deja de ser competitivo.

Aprende a competir de otra manera.

No necesita perjudicar a sus compañeros para demostrar su capacidad. Entiende que compartir conocimientos no reduce su propio talento. Al contrario, demuestra seguridad, generosidad y liderazgo.

Las empresas necesitan algo más que tiburones

Durante años, muchas grandes compañías han buscado perfiles definidos informalmente como “tiburones”: jóvenes extremadamente ambiciosos, resistentes, rápidos, competitivos y dispuestos a dedicar todo su esfuerzo a alcanzar los objetivos de la organización.

Estos profesionales pueden generar resultados extraordinarios.

El problema surge cuando una compañía está compuesta únicamente por personas que quieren ser las más inteligentes de la sala.

Una empresa no funciona como una colección de currículos. Necesita confianza, coordinación y colaboración. Necesita personas capaces de reconocer un error, pedir ayuda, compartir información y aceptar que una buena idea puede proceder de alguien con menos experiencia o con una posición inferior.

Un equipo lleno de tiburones puede conseguir grandes resultados a corto plazo, pero también puede generar conflictos internos, rotación, agotamiento y decisiones tomadas únicamente para proteger carreras individuales.

La falta de formación humanística no significa necesariamente falta de conocimientos culturales. Significa no haber aprendido suficientemente a preguntarse por las consecuencias humanas de las decisiones.

Un profesional puede dominar perfectamente una hoja de cálculo y no comprender el impacto que tendrá su recomendación sobre cientos de trabajadores. Puede diseñar una operación impecable desde el punto de vista financiero y no percibir el deterioro que provoca en una organización.

La técnica indica cómo hacer algo.

La formación humanística obliga a preguntarse si debe hacerse, para qué se hace y a quién afecta.

La universidad como vestuario

Una universidad también es un vestuario.

Durante varios años, personas con capacidades, historias y aspiraciones diferentes comparten clases, proyectos, exámenes y dificultades. La manera en la que viven esa etapa condicionará su comportamiento profesional durante décadas.

Un alumno acostumbrado a considerar a los demás como rivales probablemente trasladará esa mentalidad a la empresa.

Un alumno que ha aprendido a cooperar, escuchar y servir llegará al mundo profesional con otra idea del liderazgo.

Por eso, la universidad no debería limitarse a medir lo que una persona sabe. También debería preocuparse por lo que esa persona hará con todo lo que sabe.

El verdadero éxito de una institución educativa no se encuentra únicamente en los salarios de sus antiguos alumnos, en las empresas que los contratan o en los cargos que alcanzan.

También se encuentra en la manera en la que ejercen esas responsabilidades.

¿Son profesionales que utilizan su posición para ayudar a otros o para reforzar su propio prestigio? ¿Construyen equipos o crean dependencias? ¿Generan confianza o miedo? ¿Dejan mejores las organizaciones por las que pasan?

Ganar no es suficiente

Francia puede tener futbolistas extraordinarios. España también.

La diferencia aparece cuando once jugadores comprenden que el partido no lo gana necesariamente quien posee más estrellas, sino quien consigue convertirlas en una constelación.

En la universidad ocurre exactamente lo mismo.

Una institución puede preparar alumnos para conquistar los mejores puestos. Otra puede prepararlos, además, para saber qué hacer cuando lleguen a ellos.

Ambas pueden formar profesionales brillantes. Pero solo una formación verdaderamente completa enseña que el éxito individual alcanza su mayor valor cuando contribuye al bien de los demás.

Porque la excelencia no consiste únicamente en destacar.

Consiste en hacer que el equipo sea mejor gracias a que tú formas parte de él.


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